sábado, 27 de febrero de 2016

Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía.

DEBES SABERLO
pastoreen el rebaño que Dios les ha dado, velando por él, no por obligación, sino voluntariamente, como quiere Dios; no por la avaricia del dinero, sino con sincero deseo. 1Pedro 5:2

INFORMACIÓN
¿qué hay en la biblia?
LOS ELEMENTOS EXISTENTES EN LA BIBLIA
Cuando entramos en la consideración general de la Biblia, nos vemos frente a una fuente inagotable de la cual se puede sacar, como de un pozo profundo, lleno de aguas dulces y claras, del cual nunca cesará de correr el agua que tanto significa para nuestras almas. Durante casi dos mil años, los hombres han estudiado este hermoso libro, sin cansarse en leer, sin terminar con las posibilidades que ofrece la Biblia para brindar a la mente nuevos datos, al alma mejores esperanzas, y a la vida un más amplio desarrollo.
1.     Elemento histórico en la Biblia
La Biblia es un libro de religión, y no solamente de religión, sino de la mejor religión, de la única religión verdadera. Nos acercamos a la Biblia para recibir de ella, no datos científicos, conocimientos históricos, ideas filosóficas, sino ayuda para la naturaleza espiritual, apoyo para la fe, y alimentación para el alma.

Sin embargo, la corriente de la revelación se ha desarrollado en un cauce de historia. No se puede entender la verdadera religión, como se nos presenta en la Biblia, sin entender el fondo histórico desde el cual nos han llegado estas verdades espirituales. La historia sagrada está inextricablemente enredada con las verdades espirituales, y con la revelación de Dios. Esto es por cuanto, en la naturaleza de las cosas, no le fue posible a Dios hacerlo de otra forma.

Dios ha hecho a este mundo de tal manera que los hombres que viven en él, tienen que vivir de acuerdo con las leyes que Dios ha puesto en él. No se puede concebir otro plan en que se hubiera desarrollado el mundo. Estando los hombres en el mundo, y viviendo de acuerdo con sus leyes, como forzosamente han tenido que vivir, los resultados de sus esfuerzos para vivir, para comprender, para ajustarse a su ambiente, reproducirse, abrigarse, protegerse, han creado ese fenómeno que conocemos bajo el nombre de historia.

Entremezclado con todos los otros deseos de la naturaleza del hombre, ha resaltado el deseo de conocer a algún Ser Supremo, sea por los motivos de refugio y socorro, por el motivo de crear una base para creer en una vida en el más allá, o por el motivo de rendir homenaje a un Ser más grande que el hombre.

Estos impulsos religiosos han sido desarrollados juntamente con los otros impulsos y acontecimientos de la vida del hombre, y el resultado ha sido historia religiosa.

Creo que Dios ha puesto en el corazón del hombre, desde el principio, como instinto imprescindible de su personalidad, el deseo de buscar a un Ser supremo, a Dios.

A la vez, no puedo imaginarme otra forma de explicar los fenómenos evidentes en la historia de la Biblia y del cristianismo, que la de creer que Dios cooperaba con este indefinible impulso que se ve operando en los seres de todos los hombres, civilizados y primitivos. Dios siempre ha contestado las súplicas de los seres a quienes El había dado la vida y la existencia, a sus ruegos hablados y pensados, a sus gemidos silenciosos y gritados para alivio, para esperanza de algo mejor, para conocer al Infinito.

Vemos, pues, que no actuaba el impulso religioso en la historia de una manera accidental, sino que actuaba de acuerdo con la Providencia. Dios se introducía en la historia, y se revelaba con acontecimientos históricos. Aceleraba la historia, la retardaba, la cambiaba, la amoldaba, la ajustaba, conmoviendo los corazones de los hombres.

Eliminó a algunos que impedían, y levantó a otros que apoyaban sus planes, tales como Abraham, Moisés, Samuel, David, Isaías, Jeremías, y los otros grandes profetas. A esta lista agregamos a los héroes de la nueva dispensación, como Juan el Bautista, el eslabón entre la antigua y la nueva, Saulo, Pedro, Santiago, Esteban, y un sinnúmero de otros, con nuestro Salvador Jesucristo, el más grande de todos, y la última palabra en la revelación de Dios.
2.     Elemento milagroso en la Biblia
Estos hombres que tanto trabajaron a favor del reino de Dios, que desarrollaron un papel tan individual en el plan histórico de Dios, quienes aparecieron tan justamente en el momento histórico que pedía su presencia para llevar a cabo la obra que Dios tenía planeada para todos, estos hombres son milagros de la gracia de Dios. La naturaleza no habría podido producir hombres como éstos, que vencieron obstáculos 
sobrehumanos para resistir el mal, para acometer las dificultades, a fin de cumplir con la misión que Dios había encargado en sus manos.

Pensando en los milagros personales de Dios que El ha hecho para llevar a cabo la obra de la redención que ha iniciado en este mundo, no se puede dudar de los otros milagros que con frecuencia acompañaban a estos hombres. Los milagros que ellos hacían, servían para engrandecerlos ante los ojos del pueblo a quienes ellos tenían que dirigirse y aseguraban una firme aceptación, de parte de la gente, del mensaje que Dios había encomendado en sus manos.

Estos milagros eran necesarios en una generación que carecía de Biblia y de evangelios. Los ministros de Dios necesitaban de un especial apoyo divino para que, por medio de milagros y otros fenómenos sobrenaturales, así se acreditara el mensaje que ellos pregonaban al pueblo, y se estableciera la obra que realizaban en medio de éste.

Sin embargo, los hombres del siglo veinte no quieren creer en estos milagros, y se muestran escépticos frente a las acciones sobrenaturales que en la Biblia se relatan, preguntando si en realidad estos notables acontecimientos, que tan sencillamente se narran en la Biblia, han sucedido o no.

¡Frente a nuestros ojos sucede una cosa rara! ¡Una generación de milagros científicos no quiere creer los milagros bíblicos! Una generación incrédula, acostumbrada a los milagrosos esfuerzos de una Ciencia creadora, no cree en los milagros de Dios. Vive en medio de un ambiente cuyos peligros han sido menguados por los muchísimos artefactos de seguridad que han sido provistos, cuyas dificultades han sido facilitadas por las brillantes creaciones de la mente humana, cuya naturaleza estética ha sido adiestrada por las invenciones inauditas de la ciencia, pero no cree en milagros divinos.

Esta generación escéptica no quiere creer que Dios emplea milagros para establecer y afirmar lo que vale mil veces más que la vida material del hombre, para asegurar la aceptación del mensaje y la revelación del plan de redención, para ministrar a la vida espiritual del hombre, y para llevar a cabo ese fin tan alto y tan noble.

Nosotros que vivimos en la época de milagros, ¿cómo podemos dudar que el Dios que ha dado al hombre la inteligencia para hacer estos milagros científicos, Aquél que es la fuente de toda la inteligencia y de toda la sabiduría, haya hecho milagros en otras épocas para establecer sus fines espirituales? Después de todo, ¿qué es un milagro?

La respuesta más sencilla a esta pregunta es que es una cosa que no entendemos, que no nos explicamos el modo ni los medios por los cuales se ha obrado, y que, sin embargo, ha sucedido, o existe. En una época pasada, hubiera sido considerado como un milagro el que un hombre volase por el aire, o que a miles de kilómetros de distancia se pudiese hablar con otra persona como si ésta estuviese en otro cuarto de la misma casa. Los milagros de la medicina moderna no se realizaban en una época pasada.

Aquél que en tiempos de antaño hubiera sugerido que tales cosas se efectuarían en épocas futuras, habría sido considerado como un visionario o como un fanático. Y, sin embargo, ya se realizan, y todavía quedan por realizarse en los años venideros, cosas que nosotros no podemos imaginar. Estas cosas las aceptamos, y, ya que se conoce la explicación de ellas, no se las considera como milagros.

En cuanto a los milagros del Señor Jesús que se relatan en los evangelios, no se nos da ninguna explicación acerca de ellos, y no los entendemos, y por eso, el hombre moderno no quiere tener fe en ellos. Sin embargo, si se conociera la explicación, ya no serían milagros. Pero, ¿no sería posible que Dios se hubiera valido de leyes naturales que no conoce la ciencia moderna? Nos parece que sí. 

El que creó al mundo, habría podido utilizar no solamente los medios ordinarios para convertir el agua en vino (procedimiento muy lento, aunque un fenómeno bien conocido de la naturaleza), sino también otros medios desconocidos, haciendo que el procedimiento lento del cultivo y la cosecha de la uva y la fermentación del jugo de ésta en vino fuesen hechos en un instante.

Un químico acelera las reacciones químicas mediante la introducción de otros elementos que hacen más rápido el cambio. Si un científico puede hacer esto, ¿cuánto más no lo podría hacer el que es el Químico más grande de todos, el que conoce todas las fórmulas, el que tenía previstas, al crear al mundo, todas las reacciones posibles en la química? ¿Acaso no podría dar el poder para convertir el agua en vino a su Hijo Unigénito, que habría de revelar el carácter del Padre al mundo en una forma y en una proporción que no se había hecho antes?

Creo que, pensando en el asunto desde estos puntos de vista, no habría dificultad en creer que los milagros de la Biblia son una parte íntegra de este libro que tanto bien ha hecho a la humanidad.
3.     Elemento literario en la Biblia
La Biblia ocupa un lugar único entre los libros del mundo, y resalta entre ellos: por su carácter religioso y espiritual, por el elemento histórico tan importante que en sus páginas se encuentra, y por el carácter milagroso de los relatos que sus autores registran. Además de todo esto, la Biblia pertenece a la literatura del mundo.
i.     Nivel de cultura en la Biblia
Los escritores bíblicos se caracterizan por el alto grado de cultura que delatan sus páginas, no solamente en el contenido, sino en el estilo literario.
a.     Antiguo Testamento
Tomemos primero los escritos del Antiguo Testamento. En la biblioteca de joyas literarias que llamamos Antiguo Testamento hay algunos escritos que merecen un lugar en la literatura del mundo. Es conocido el valor literario de los libros proféticos, cuyos autores, con los corazones ardientes por el mensaje de Dios que los inflamaba, ponían en lenguaje fervoroso y sublime sus grandes pensamientos.

Isaías, el más grande de todos los profetas hebreos, escribió con un vigor de estilo que pocos han podido igualar. Además de ser profeta, fue también un gran estadista; combinó un ardor y pasión religiosa con un fervor patriótico, pronunciando con vehemente energía e incomparable elocuencia sus mensajes sobre el plan divino para la nación. Estos mensajes los recibió directamente del altar en el templo celestial (Is. 6:6, 7).

Otro gran profeta de Israel fue Amós. Profeta del campo, escasamente instruído, sin embargo, fue un gran orador, y escribió una obra que resalta en la literatura hebrea. ¿Cómo pudo un hombre sencillo del campo escribir con un estilo tan correcto y elevado, como escribió este profeta?

Esta pregunta tiene que ver con la corrección de estilo que en general caracterizaba a todos los escritos hebreos. La contestación a ella la tenemos en el hecho de que la oratoria se había desarrollado grandemente entre los antiguos hebreos, así como entre muchos otros pueblos primitivos (como, por ejemplo, los indios de Norteamérica).

El hombre aprendió a hablar bien, en los concilios de su pueblo, en el foro público, en el contacto que tenía con sus compañeros. Pensando grandes cosas acerca de Dios y de su amor y de su misericordia hacia su pueblo, los profetas hebreos alcanzaron a expresar elegantemente los sentimientos sublimes que abrigaban en sus corazones. Sintieron más profundamente estos pensamientos por cuanto fueron inspirados por un patriotismo que se mezclaba con la religión.

También entre los antiguos hebreos se había desarrollado el arte de la poesía. Esto no nos ha de sorprender cuando recordamos que los profetas eran grandes oradores, y la poesía es el corazón de la oratoria. Los hebreos produjeron algunos grandes poetas, entre quienes podemos mencionar a David, Asaf, los hijos de Coré, Hemán, Salomón, y otros. Muchos de los poemas de estos hombres nos han sido heredados en el libro de los Salmos, los Proverbios, etc.
b.     Nuevo Testamento
En el Nuevo Testamento resaltan los escritos del médico amado, Lucas: su evangelio, y el libro de los Hechos. Lucas era un hombre culto, instruído en la ciencia y la literatura de su día. Los dos libros que él escribió muestran el alto grado de cultura que había alcanzado. Fuera de los círculos cristianos, también se estiman los escritos de Lucas como ejemplos de pureza literaria y elegancia de estilo.

También se distingue en las páginas del Nuevo Testamento aquel escrito cuyo autor es desconocido, la Epístola a los Hebreos. Esta obra también merece un lugar entre los escritos griegos de la época clásica.

Estos dos autores escribían en el coiné, voz que significa común. Se emplea este término referente al dialecto del idioma griego que en la era de Jesucristo era hablado en todo el mundo. Este dialecto vino a ser un idioma universal, porque durante un tiempo todo el mundo había estado bajo la dominación griega. 

Cuando Alejandro Magno conquistó al mundo, llevó consigo la cultura griega. Su imperio duró poco tiempo; después de su muerte quedó dividido entre sus generales, quienes inauguraron dinastías griegas en las regiones donde ellos reinaron. El griego llegó a ser hablado, pues, en todo el mundo.

Con el tiempo, el coiné llegó a ser afectado en algo por las características lingüísticas de los pueblos que lo hablaron. Por esto sufrió muchos pequeños cambios que lo diferenciaban del idioma clásico de Homero y Jenofonte. 

A pesar de que había cambiado mucho de la pureza de los escritos clásicos, al coiné no le faltaba elegancia. Otros escritores del período, como Polibio (aproximadamente 210–125 a. de J. C.), y Josefo (37–95 de la era cristiana), habían empleado este dialecto en sus escritos con fuerza y poder. El coiné era el dialecto del pueblo, pero, empleado por autores como Lucas, se elevaba al nivel de las obras clásicas de una época anterior.
ii.     Clasificaciones literarias en la Biblia
Ahora examinaremos con más detenimiento las distintas clasificaciones literarias que encontramos en la Biblia. Todos conocemos las clasificaciones generales que hacemos de los escritos del Antiguo Testamento: Ley, Historia, Poesía, y Profecía, y de los del Nuevo Testamento: Evangelios, Hechos, Epístolas, y Apocalipsis.

Las cuatro clasificaciones que hay en el Antiguo Testamento no son más que aproximadas, puesto que en los libros del Pentateuco, que generalmente son denominados con el título Ley, hay también historia, asimismo poesía, oratoria, etc.

Ejemplos de poesía en el Pentateuco son el poema de Lamec (Gén. 4:23, 24); la maldición de Canaán (Gén. 9:25–27); el Cántico de Moisés (Ex. 15). Hay también trozos históricos en los libros proféticos (como Is. 36–39). Los libros proféticos son en gran parte poéticos.

Estas cuatro clasificaciones de libros describen muy bien, en general, el contenido de los libros que en ellas se encuentran, y corresponden a ciertas formas literarias corrientes entre los hebreos.

Lo que acabo de decir en cuanto al Antiguo Testamento también puede decirse tocante al Nuevo: Las cuatro clasificaciones de libros, aunque aproximadas, describen bien el carácter de los libros que en ellas han sido colocados.
iii.     Variedad de figuras en la Biblia
Hay una gran variedad de figuras retóricas en la Biblia. Hay alegorías: la alegoría del buen pastor en Jn. 10, y la alegoría de la vid en Jn. 15
Hay parábolas: la oveja perdida, la dracma perdida, y el hijo pródigo, en Lc. 15. Hay lírica, o sea, poesía que se presta para ser cantada: el Cántico de Moisés (Ex. 15), y muchos de los salmos, etc. Hay elegía: el libro de Lamentaciones es una endecha del profeta Jeremías sobre la ciudad de Jerusalén destruída por los caldeos. 
La parábola de Joatam en Juec. 9:7–15 podría ser clasificada como una fábula, ya que en ella hablan entre sí los árboles (V. también 2 R. 14:9). Hay también metáforas (Prov. 28:15; Jn. 6:35); símiles (Prov. 26:8, 17); prosopopeya (Sal. 114:4); proverbios (el libro de los Proverbios; Lc. 4:23, 24); hipérbole (Lc. 14:26); ironía (Lc. 13:33); sinécdoque (Mt. 6:11); enigmas (Juec. 14:14).

Muchas otras clases de figuras se hallan en nuestra Biblia. Es justamente en la variedad de éstas, así como en el juicio con que se eligen, y en el buen gusto con que se emplean, en lo que consiste, en parte, el valor literario de estos escritos.
iv.     Conclusión del elemento literario en la Biblia
En conclusión podemos decir que el arte humano ha contribuído a la Biblia, de modo que en ella tenemos, presentados en forma artística y atractiva, los verdaderos principios de la religión, y los correctos preceptos éticos y morales. Dios no ha despreciado el arte humano, ni lo ha relegado al uso exclusivo de los mundanos e incrédulos. Al contrario, la mejor presentación del plan de la redención, la más plena exposición de la revelación divina, el más atractivo cuadro de la vida del Hijo del hombre, la Biblia, es también una obra de arte.
4.     Conclusión general
Hemos tratado tres elementos de la Biblia: el elemento histórico, el elemento milagroso, y el elemento literario.

La Biblia es un libro de historia, pero especialmente de historia de religión, de la historia de la verdadera religión, de la historia del plan redentor de Dios que obra en el mundo.

La Biblia es también un libro milagroso. Es milagroso en su carácter, y narra hechos y acontecimientos milagrosos. Dios, para establecer su mensaje en los corazones de los hombres, ha permitido que sus mensajeros hagan actos verdaderamente milagrosos como expresión de los propósitos benéficos del Creador.

La Biblia pertenece a la literatura del mundo. En esta esfera ha alcanzado un nivel muy alto. Algunos de sus escritos se clasifican entre las obras clásicas de la antigüedad.

Siendo la Biblia historia y literatura, se presta para ser interpretada como otros libros literarios e históricos, con las limitaciones de que es también un libro milagroso, un libro espiritual y religioso, por lo cual su propósito histórico y su carácter literario se subordinan a sus grandes propósitos religiosos y espirituales.

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